Ceguera con ilusión
Lleva varios meses atrás de ella. José es un idiota. Carla no le hace caso, tan sólo mueve la cabeza para dar un sí y aceptar sus regalos. Masoquista el hombre en pensar que el tiempo le ablandará el corazón; mientras que en su bolsillo tan sólo retumban los sonidos de las monedas de cien céntimos.A veces salen. Los dos comparten los gastos. Eso sí, ella escoge a dónde ir. Él es un simple títere y acepta, por más que aquella película no estaba entre su lista de compras de DVD piratas, él paga las entradas por verla con ella. Pero bueno, los afanes son así, hay que seguir la corriente. No queda otra.
Él le manda mensajes, la llama, la saluda por el MSN. Ella no le contesta los mensajes, lo apura cuando hablan por teléfono y le dice que tiene que salir cuando le escribe un primer párrafo por el MSN. Cosas del amor, de la vida y de la tecnología.
En el trabajo, comparten casi la misma oficina. Él le hace señas cada vez que puede. Ella se hace la desentendida (“Ah, eran para mí; no me había dado cuenta”, responde cuando su ilusionado pretendiente le pregunta por qué no le responde esos señuelos de amor). José busca acompañarla a la hora del almuerzo; a veces ella acepta –claro, cuando existe la oportunidad de ir a comer a un buen restaurante, todos parecen el hombre de sus sueños-, pero generalmente ella prefiere decir que está a dieta y que sólo toma agua y come algunas galletas integrales (claro que si le trae un postrecito “dietético” para más tarde no estaría demás). A la hora de la salida, José siempre la quiere acompañar; Carla ya ha contratado anticipadamente un taxi para que la recoja.
La clásica salida con el grupo de trabajo. José sabe que es el momento oportuno para buscar algo más. Todos compartiendo, recordando anécdotas, contando chistes. Risas y más risas. Momentos de las fotos. Carla sólo pide que le tomen fotos con…. Raúl. Foto por aquí, foto por allá. José tan sólo aprieta el clic. Es hora de despedirse, ella y Raúl murmuran, pero José tiene un gran oído –“Mañana es martes, dos por uno en el cine, vamos”, le dice ella y Raúl acepta encantado- y entiende que tan sólo fue un pasatiempo para ella. Prefiere alejarse. No más señitas, ni regalos, ni nada. Mejor así.
A José le es difícil admitir que también se equivocó, que buscó en donde sabía que no encontraría lo que esperaba. Entiende que quizá se cegó por la ilusión, pero a quién no le ha pasado ello. Las ilusiones son así y lo serán por siempre. Somos miopes para el amor.
* Escrito en Dic. 2005
