El Refugio

Friday, September 09, 2005

Las estaciones

Invierno del 2005. Mario –de 25 años- está solo en su habitación y, sin querer, aquellos recuerdos vuelven, como tantas otras veces. Se echa en su cama y su mente comienza a divagar. Es que hay momentos en que el recordar se convierte en un mal necesario; porque la vida pasa, las personas también, pero hay algunas que vuelven. No necesariamente siempre físicamente, sino también como un recuerdo. Bello o no, vuelven. Mario está viviendo ello. Camila regresa otra vez.

Otoño de 1985. Marito está solo, como siempre en el aula naranjita de su nido. Juega con unas tijeras, tratando de seguir las líneas de un conejito. Va por las orejitas, pero se las corta. No llora, tira las tijeras y empieza a jugar con los deditos, mientras una gotita de sangre brota de uno de ellos. No le toma importancia y tan solo mira el piso. De pronto, ve una sombra en forma de falda. Levanta la mirada. Ve como dos soles brillando, pero son un par de hermosos ojos verdes que irradian esa carita blanca como la leche. Ella sonríe. Él sólo la mira tontamente. Ella le dice para jugar juntos; Marito sólo le sigue la corriente y juegan. Cortan más conejitos, suben a los columpios, colorean y tantas otras cosas más. Es la hora de la salida, “Camila hija, aquí estoy”, grita una señora de casi 30. Aquella niña, la primera amiga de Marito, voltea y luego vuelve a mirarlo, le da un beso a su nuevo amigo y va corriendo donde su madre. El pequeño tan sólo atina a tocarse la mejilla. Algo que sucedió por más de tres años. Se volvieron inseparables. No sólo compartieron horas de clases, también muchas más de juego en sus casas. El destino es así, tan sólo un par de cuadras los separaban. Casi vecinos. Pero, a veces, ni los niños se salvan de esas cachetadas de la vida. Una mañana del 88, Marito va feliz al colegio, más que las clases por ver a su amiga. La espera en la esquina de siempre. Nunca llega. La maestra se le acerca y le dice que Camila viajó a Tacna con su familia. Mario no lloró. Se sentó y empezó a jugar con sus dedos. No brotan lágrimas ni sangre.

Primavera del 2000. Facundo Cabral retumba en toda la casa de Mario, el chico próximo a convertirse en periodista. El muchacho que sigue viviendo de las propinas del viejo y de lo que obtiene haciéndole las tareas a otros. Así como ama la lectura, Mario adora los versillos de Cabral. Su madre los aborrece. Lo culpa del pelo tan largo y que lo hace ver como mendigo a su hijo. A Mario le llega, sigue soñando que escribiendo, ganará algo de dinero. La madre sigue maldiciendo la música; Mario sigue postrado en su cama venerando a su ídolo. Sólo el sonido del timbre interrumpió el menú del día y a la voz de Cabral. Mario se acercó a su ventana. No lo podía creer. Camila ha vuelto. Han pasado muchos años, pero el corazón no sabe mentir. Es ella. Su madre la hace pasar; él solo atina a acomodarse algo la ropa arrugada que lleva puesta y que es la misma que usa hace dos días. Baja las escaleras y ve sentada en el mismo sillón en el que jugaron muchas veces a Camila. Ella lo ve y sonríe. Se le acerca y le da un beso. Mario tan sólo atina a tocarse la mejilla. Conversan horas de horas. Ríen. Se abrazan en repetidas ocasiones. Ella le cuenta que viene de salir de una relación; él también. Como aquella primera vez, empezaron a verse siempre; ya no a jugar, sino a salir, a conversar de la vida. Ambos sienten que los años no han pasado, que el cariño es el de siempre, pero saben que viven en mundos distintos. Ella gusta mucho de las superficialidades de la vida (su ex pareja trabajaba y ganaba un buen sueldo) y de vestir bien; Mario tan sólo esperaba los fines de semana para los diez soles que su papá le daba y en su ropero tan sólo había un par de pantalones, camisetas contadas y unas cuantas zapatillas. Son pareja, pero las tensiones es lo que más reinaba en aquella relación. Es que es cierto cuando hablan del choque de dos mundos. Ella le reclamaba su falta de atención al vestirse, a él no le importaba ello. Pero él vive su martirio diario, porque ella sigue viendo a su ex en la universidad. La paz llega para Mario cuando el reloj marca las once de la noche y ella arriba a su casa. Conversan, se besan. Dos horas después, vuelve el martirio para él. Así transcurren tantos meses.

Verano del 2001. Mario se viste mejor, ya tiene el pelo algo más corto (ahora sólo le llega hasta los hombros). Pero la tortura de cada día sigue. Siente que ya no es justo para ninguno de los dos. A los jóvenes también les toca cachetear a la vida. Decide terminar la relación con Camila. Un día la espera en la puerta de su casa, ella lo ve y corre a abrazarlo. Lo siente frío y distante. Ella le da un beso; él ni se toca la mejilla. Mario empieza su relato. La chica de los ojos verdes lo escucha atentamente. Acabó de hablar y ella tan sólo acepta terminar con todo. No se despiden, ella entra a su casa. Mario se sienta a un costado de la misma, mira al suelo y empieza jugar con sus dedos. Brotan algunas lágrimas. Pasan los años, Mario gana su dinero escribiendo, tal como lo deseó. Los chismes vuelan y un día llega a él la noticia de que Camila se casó con un hombre muy parecido al ex: trabaja en un banco y gana un buen sueldo. Tienen una hija. Mario sólo sonríe y se toca la mejilla.

Invierno del 2005. Suena el celular de Mario. Es Laura, su actual pareja (y parece que será la eterna). Él despierta de sus recuerdos. Quedan en verse en unas horas. Abre su cajón y encuentra un conejito de papel sin orejas. Ése que él se las había cortado. Es un bello recuerdo. Como lo es Camila. La chica que lo hizo cambiar. Aquella persona con la que cerró un capítulo de su vida para abrir otro. La que le enseño a cuidarse tanto por dentro como por fuera. A tener una mejor imagen. La primera mujer por la que enloqueció. Aquella dama que siempre tendrá un lugar en su testamento de recuerdos. Mario deja caer el conejo al piso, lo mira y empieza a mover los dedos. No hay lágrimas ni sangre.

* Escrito en Set. 2005

3 Comments:

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